Isla "Puff": La tentación de la acedia pastoral

02.03.2021

Comunicado 2 para el "Explorador 20"

Querid@ amig@:

¡Qué bien! Pasaste a la isla siguiente. Espero que ya seas capaz de reconocer las muchas y preciosas cosas que hay en ti.

 Y digo que espero que vengas con gran entusiasmo porque en esta isla la tentación es bajar los brazos; dejarse llevar por lo difícil que es, en ocasiones, la vida; dar más poder a las situaciones negativas y a las personas quejicosas que a los testimonios innumerables de bondad exquisita; poner cara de desánimo y, en definitiva, que salga un "puffff" de nuestros labios expresando lo mucho que nos cuesta mover hasta un dedo para sacar adelante algunas iniciativas que tan solo hace unos meses nos entusiasmaban.

¿Y qué hacer cuando apenas tenemos fuerza? No sé si conocés a una tal Santa Teresita del Niño Jesús o Santa Teresa de Lisieux. Se trata de una religiosa carmelita francesa que fue nombrada patrona de las misiones sin salir de su convento y doctora de la Iglesia, habiendo fallecido con tan solo 24 años.

 Un día escribió a su hermana Celina:


"Celina, Dios no me pide ya nada (...) pero tuve una inspiración: Santa Teresa (de Ávila) dice que es necesario mantener el amor, la leña no se haya a nuestro alcance cuando estamos en las tinieblas, en las sequedades, pero ¿no estamos obligadas al menos a echar en él algunas pajitas? 

Jesús es lo bastante poderoso para entretener Él solo el fuego, sin embargo, gusta de vernos echar en él algún alimento, es una delicadeza que le agrada y entonces arroja Él en el fuego mucha leña, nosotras no lo vemos pero sentimos la fuerza del calor del Amor.

Yo lo he experimentado, cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de encontrar pequeñas ocasiones, que agradan a Jesús más que el imperio del mundo, más aún que el martirio sufrido generosamente. 

Por ejemplo: una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado, etc. 

Celina ¿lo comprendes? No es para tejer mi corona, para ganar méritos, es para complacer a Jesús.

 Cuando no tengo ocasiones quiero al menos decirle con frecuencia que le amo. Esto no es difícil y alimenta el fuego. Aun cuando me pareciese que está apagado este fuego de amor, me gustaría echar en él alguna cosa y Jesús podría entonces reavivarlo. 

¡He aquí la respuesta! Cuando sintamos que apenas podemos hacer nada, hagamos esas pequeñísimas cosas de las que Dios se servirá para hacer grandes maravillas a nuestro alrededor.

Y más aún pensando en las personas que tienes cerca. Y más aún si te toca animar a otros en sus itinerarios vitales. Como padre o madre de familia, como educador, catequista, profesor, psicólogo, sacerdote, coordinador de equipo de trabajo, sanitario...

Quizás tu palabra, tu gesto, tu sonrisa, tu detalle... hoy en día sea más importante que nunca. Y aunque no tengamos un entusiasmo arrollador, hoy en día nos lo jugamos en las pequeñas cosas.
Ánimo y ¡EUNTES! Antonio Explorer

Reflexión

D. Carlos Escribano, arzobispo de Zaragoza, nos ofrece una reflexión sobre una de las tentaciones que más está golpeando a la Iglesia en estos tiempos complicados que vivimos. Ojalá sus palabras nos ayuden a salir cuanto antes de esta dinámica de "brazos caídos". 

Propuesta orante

Paso 1.Buscamos un lugar tranquilo e intentamos serenarnos... respiramos hondo para poder sentir nuestra respiración... y hacernos conscientes de la Presencia de Dios en nuestra vida, aquí y ahora.

Paso 2.Escuchamos la siguiente canción de Rosana (Llegaremos a tiempo). Y es que a veces la manera de salir de la acedia pastoral es concebir que el momento presente es un Kairós, un tiempo de gracia, para salir a flote... porque nunca es tarde y porque llegaremos a tiempo.

Paso 3. Leemos y meditamos esta reflexión de Michel Quoist:

Si la nota dijera: «una nota no hace melodía», no habría sinfonía. 
Si la palabra dijera: «una palabra no puede hacer una página», no habría libro.
Si la piedra dijera: «una piedra no puede levantar una pared», no habría casa.
Si la gota de agua dijera: «una gota de agua no puede formar un río», no habría océano.
Si el grano de trigo dijera: «un grano de trigo no puede sembrar un campo», no habría cosecha.
Si el hombre dijera: «un gesto de amor no puede salvar a la humanidad», nunca habría
justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad, sobre la tierra de los hombres.
       Como la sinfonía necesita de cada nota, como el libro necesita de cada palabra, como la casa necesita de cada piedra, como el océano necesita de cada gota de agua, como la cosecha necesita de cada grano de trigo... la humanidad entera necesita de ti, allí donde estés, porque eres único y, por tanto, irreemplazable.

Paso 4 Terminamos con estos versos de esperanza del profeta Isaías (Is 35, 3-10):

Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas vacilantes; digan a los inquietos: «Sean fuertes, no teman. ¡He aquí a su Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y los salvará».

Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el rengo como un ciervo y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes en la estepa.

El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial. (...) Habrá un camino recto. Lo llamarán «Vía sacra». (...) Él mismo abre el camino para que no se extravíen los inexpertos. (...) Los liberados caminan por ella y por ella retornan los rescatados del Señor.

Llegarán a Sion con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción.

Viñetas de reflexión

 Evangelii Gaudium 81-83

No a la acedia egoísta

81. Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante.

82. El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes. Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la «hoja de ruta» que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.

83. Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad»[63]. Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio»[64]. Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por todo esto, me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!

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