Isla PELAGIO

14.03.2021

Querid@ explorador/a:

Imagino que pudiste experimentar el agotamiento que produce el "martismo", el estar haciendo cosas buenas pero sin control ni capacidad de bajar a lo profundo del corazón; sin detenerse a escuchar la Palabra de vida... Cuando nuestra Marta se vuelve loca, nos agotamos y agotamos a los demás porque, además, normalmente somos menos eficaces. ¡Qué eficacia tienen las acciones gestadas en el silencio!

En la nueva isla hallarás una tentación - e incluso herejía- que en algunas cosas guarda semejanza con la de ayer. No sé si alguna vez has oído hablar del pelagianismo: idea errónea que promulgó Pelagio - un monje británico del siglo IV-V, que defiende que Dios ya ha puesto en nosotros la posibilidad de salvarnos (libre albedrío). Simplemente hemos de esforzarnos por hacer bien las cosas fijándonos en el ejemplo de Jesús y, de este modo, lograremos nuestra meta deseada: salvarnos.

Esta herejía que tan bien nos suena fue condenada en el año 418 en el Concilio de Cartago gracias, en buena parte, a san Agustín. Este bien veía que el ser humano por sí mismo no podría salvarse, sino que siempre y continuamente necesita ser sustentado por la gracia y ayuda de Dios. Y es que el perdón de Dios nos va transformando y Jesús realmente nos va santificando - no es solo un mero ejemplo moral.

En esta isla escucharás muchas frases pelagianas que tendrás que rebatir como, por ejemplo:

  • "Si me esfuerzo un poco más, seguro que podré vivir mi relación sin tantos celos".

  • "El mejor modo de acertar es mirar a Jesús y esforzarme por hacer lo que Él haría".

  • "Si me organizo mejor, seguro que encuentro momentos para la oración personal. Solo tengo que poner más de mi parte".

  • "Quiero llegar a ser sant@ y lo conseguiré si me empeño".

  • "Para ser un buen discípulo de Jesús basta con proponérselo en serio".

En definitiva, y por hablar de otro personaje famoso, en este caso de la mitología, se trataría de ser como Sísifo, que fue castigado por los dioses a subir una y otra vez una gran piedra a lo alto de una montaña sin conseguirlo nunca. 

¿No será que la santidad no está en nuestra mano y que es el Señor quien nos va santificando si le pedimos y acogemos su gracia?

Menos mal que en nuestra Iglesia cada vez son menos las personas que creen que alcanzan la salvación a golpe de limosna, ayuno, misas, rosarios, procesiones, confesiones... La salvación ya nos la ha conseguido Jesús o... ¿acaso somos tan herejes de vaciar de contenido salvífico su vida, muerte y resurrección? Nosotros ahora solo hemos de disfrutar de la Vida inmensa que nos llega del Espíritu del Resucitado, y por eso querremos hacer limosna, celebrar la Eucaristía, orar, hacer procesiones, meditar... Las prácticas religiosas son solo una respuesta agradecida a lo que es primero: el amor de Dios nos "primerea", siempre es previo, siempre es don.

Reflexión

Raquel Rivas nos habla sobre el peligro de creer que todo en la vida depende de nuestro esfuerzo, constancia, cualidades, tiempo dedicados... etc. Este "pelagianismo" lleva sencillamente a no necesitar a nadie para poder vivir y, menos aún, a ningún Dios que te ofrezca plenitud, felicidad, salvación, redención. 

Propuesta orante

Paso 1. Busca un lugar tranquilo y si puedes encender una vela cerca de ti, mucho mejor.

Paso 2. Leamos unos versos de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Cor 12, 1-10) donde nos recuerda que no es el intento de perfección el que nos salva, sino la gracia de Dios.

Paso 3. Reflexión:

  • San Pablo habla de un "emisario de Satanás" que le abofetea y le impide ser un orgulloso. ¿También experimentas tú esa "cuerda floja" que te recuerda que no eres perfecto?

  • ¿Cómo te llevas con tus debilidades, complejos, limitaciones? ¿Cuál te cuesta sobrellevar más?

  • ¿Has experimentado alguna vez que realmente solo te hace falta su gracia? ¿Cuándo?

Paso 4. Escucha esta canción de Brotes de Olivo

Paso 5. Oración de san Ignacio

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer vos me lo disteis a vos Señor lo torno.

Todo es vuestro disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta.

Una entrevista más que interesante

La herejía que más preocupa al Papa: el pelagianismo en la Iglesia de hoy

«Una de las cosas más difíciles de comprender para todos los cristianos es la gratuidad de la salvación en Jesucristo»; «La salvación no se paga, la salvación no se compra. La Puerta es Jesús y ¡Jesús es gratis!»; «El lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo son los propios pecados»; «Tengan confianza en el perdón de Dios. ¡No caigan en el pelagianismo!»: son frases que el Papa Francisco ha ido diciendo a lo largo de los últimos años, a la vez que ha ido advirtiendo del riesgo que la antigua herejía del semipelagismo se reproduzca en nuestra vida diaria. Para hablar de todo ello hemos entrevistado al padre dominico Chus Villarroel.

Chus, el Papa ha hablado mucho sobre el pelagianismo y lo ha contrapuesto a la verdadera forma de vivir la fe: la gratuidad. ¿Quién era ese Pelagio?

Pelagio fue un monje irlandés, alto, fuerte y guapo -que eso también ayuda-, que vino a decir que no se necesitaba una gracia especial para recibir la salvación eterna; sencillamente porque Dios nos ha dotado a todos con suficientes facultades para que nosotros mismos y por nuestro esfuerzo lográramos ganar el cielo. San Agustín le respondió, pero Pelagio le acusó a su vez de que la relajación del clero romano se debía a su doctrina de la gracia. Pelagio defendía que la salvación se la gana uno a base de esfuerzos y a base de merecerla.

¿Y el semipelagianismo?

El semipelagianismo vino después, en el sur de Francia, y decía que sí que necesitamos la primera gracia, pero que después hacerla fructificar ya era cosa nuestra, algo que teníamos que conseguir con nuestros actos, con nuestros esfuerzos, con nuestros méritos. También fue condenada por la Iglesia, en el Concilio de Orange, que defiende que todas las gracias que recibimos en la vida son gratuitas, incluida la gracia de la perseverancia final. Todo es gratuidad.

Pero este fenómeno es algo recurrente a lo largo de la historia, e incluso a lo largo de nuestra propia vida. ¿Cómo podemos caer en estas tentaciones hoy, en el siglo XXI?

Hoy la mayoría de la gente es semipelagiana, y yo mismo he sido semipelagiano hasta hace nada. Todos somos semipelagianos de alguna manera. Pensamos que a Dios le pedimos la gracia para hacer, para que haga «yo» las obras que «yo» tengo que hacer, con lo cual ya eres tú el que te salvas, ayudado por la gracia, pero eres tú el protagonista, el que te ganas tu salvación.

Sin embargo, se trata de vivir aquello que vivió la Virgen: «Hágase en mí». La Virgen vivió ajena al semipelagianismo. Ella vivió la gracia trabajando en ella. Es una dimensión en la que cuesta entrar, es una dimensión en la que el protagonista es el Espíritu Santo, no nosotros.

Una pregunta trampa: entonces, ¿qué «hay que hacer» para salvarse?

Es una pregunta que no tiene respuesta. El Evangelio dice: «Sed como niños». Los que sean como niños entrarán en el reino de los cielos. También nos dice. «Pedid el Espíritu Santo». ¡Tenemos que pedirlo! Hoy estamos muy endurecidos por el racionalismo, aun personas de buen corazón; esto nos aparta de la infancia espiritual, nos aparta de acoger al Señor. En Europa, el racionalismo nos mata, porque estamos empeñados en «comprender» antes que en «dejarnos hacer». Delante de Dios no podemos poner condiciones. Solo el que es pequeño y sencillo recibe el Espíritu Santo. El Espíritu lo tenemos todos los bautizados, pero a veces parece un regalo sin abrir, no todos tenemos una experiencia profunda de Él.

¿Cómo se vive la gratuidad en el día a día?

La gratuidad trae consigo que el Espíritu Santo te hace ver que no es tu obra, sino que es obra de Dios. Una consecuencia es que se te quita el peso de la salvación, no lo llevas tú. Y el pecado y la lucha contra el pecado dejan de ser el centro de la vida espiritual, ya no estás centrado en el combate, en los sacrificios, en las cautelas de todo tipo, en la condena, etc. Cuando todo gira en torno al pecado, te olvidas de la fuente. ¿Pero qué importancia tiene tu pecado cuando vives en compañía de Aquel que ha muerto gratuitamente por ese pecado? Aunque lo vuelvas a cometer, por tu debilidad, ya no es lo mismo.

¿Entonces no hay que hacer nada en absoluto?

La pregunta sería: ¿cuál es la acción religiosa de aquel que vive en la gratuidad? Sobre todo, la alabanza, el compartir la fe con otros. Esto nos da fuerza a nuestra fe, experiencia de Dios. Pero por mucho Espíritu Santo que tengas, en la vida ordinaria tienes que luchar. Nadie saca una oposición sin estudiar.

Entonces se puede vivir en paz aunque seas un pecador. San Agustín llegó a exclamar: «¡Bendito pecado!».

El sentido profundo del pecado es que ha sido perdonado por Dios. El amor de Dios que ha destruido nuestros pecados es más grande que nuestros pecados. Por eso puedes decir: «Bendito pecado que nos ha merecido tan grande redentor». Porque si yo no fuera pequeño, pobre y pecador, no necesitaría un salvador y perdonador como Jesucristo.

¿Dónde quedan entonces la oración, el Rosario, la Misa, el ayuno..., las prácticas religiosas habituales?

Una vez que tienes la experiencia del Espíritu, este te hace hacer «las obras que Dios dispuso de antemano que tú practicases». Él te da la gracia, y también las obras para hacer, como estas de las que has hablado, por medio la caridad. Madre Teresa de Calcuta recibió el carisma de los pobres, pero aseguraba que todo lo que había hecho en realidad lo había hecho la gracia de Dios. No paraba de decir: «Es obra suya». Ella decía a sus hermanas que si salían a los pobres sin Jesucristo, «entonces estaríamos haciendo una obra nuestra». O sea, semipelagianismo.

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